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martes, 17 de enero de 2012

El VINO: UN CAMINO PARA LOS 5 SENTIDOS

Dicen que el hábito de estallar las copas en el brindis sucede para darle al vino la práctica del quinto sentido, el oído; ya que posee a los otros cuatro de forma innata en su degustación.

Este líquido bacanal ha sido clave de admiración de muchos, y sustancia del comercio mundial desde los orígenes de los tiempos.

Ha acompañado a la historia durante una longeva línea del tiempo, hay registros de su consumo que datan del año 5400 a C.

Su cosecha se ha extendido por los mapas enramando geografías a través del globo con el clima como su único opositor.

De la extensión de viñas del mundo, un 71 % es usado para la producción de vino, un 27 % para consumo de la fruta fresca y un 2 % como frutos secos.

Aún así, la uva nos ha sorprendido como uno de los commodities más relevantes de las últimos dos siglos. A las tinas de vino cuyo imaginario se sellaba con el chianti italiano o con el cava español se han colado también otros paralelos no tan meridianos; Estados Unidos, Sudáfrica, Chile, Argentina, Francia, Nueva Zelanda, y la incorporación reciente de la novísima China, han creado un juego mucho más reñido, un mercado de equilibrio de mayor riesgo y resultados menos acotados a las proyecciones estadísticas y más permeados por variables exógenas.

En 1999 la Unión Europea crea la OCM (Organización Común del mercado Vitivinícola). Con un presupuesto anual de mil millones de euros, su objetivo era alcanzar un mayor equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado comunitario, así como mejorar a largo plazo la competitividad en el sector.

Surgían así medidas como el marco de apoyo oficial para promocionar los vinos comunitarios en mercados de terceros países o la subvención a las actividades de reconversión varietal, reimplatación de viñedos o la mejora de las técnicas de gestión.

La comunidad contribuía con hasta un 75 % de los costes de reestructuración.

Los seguros de cosecha, las mutualidades, y la ayuda para las inversiones en infraestructura nacían como herramientas nuevas a ser utilizadas por el sector.

Hoy, ya a varios años de su concreción, sigue en tela de juicio si estas medidas de regulación han sido lo necesario y suficiente para reducir los excedentes, y si le han permitido al sector aggiornarse a los mercados internacionales.

La inserción cada vez más fuerte de los nuevos mercantes, con vinos de una excelente relación calidad precio, le plantea a Europa un gran desafío en el tema; seguir apostando a lo clásico y exclusivo no parece ser la solución al momento.

Debido a la normas de OCM, en 2010 se reduce la superficie de viñedo en el mundo, Europa arranca sus cepas para adaptarse a las nuevas disposiciones pero no encuentra un rumbo seguro en los resultados. Si bien el consumo de vino en 2010 se mantiene estable, el flujo del comercio del mismo aumenta, no hay aversión a la diversidad y los intercambios se mantienen en crecimiento.

El problema en 2010 y 2011 radicó en la baja de las superficies cosechadas. España, Francia e Italita bajaron considerablemente su superficie plantada, Argentina, Chile y USA la mantienen, pero Brasil, China y Nueva Zelanda aumentan considerablemente la misma.

Por lo anterior, que el número total sea estable no vela que las realidades para el sector sean muy diferentes si hablamos de Europa o del resto del mundo.

Luego de la cosecha, el comercio. Donde ésta primera fue escasa para la demanda en el último tiempo. Así al principio de la campaña de 2011 los precios del kilo de uva se elevaban casi al doble de la campaña anterior, oscilando en los 30 céntimos.

El comercio global del vino en 2010 se situaba en 90 millones de hectolitros, un 6.7 % por encima del año anterior. Italia llevaba los laureles a mayor exportador, comercializando el 22% del guarismo total, unos 20.6 millones de hectolitros.

Todavía hoy no hay datos cerrados del 2011, pero en Noviembre pasado la OIV adelantaba que la superficie mundial del vino seguía experimentando un retroceso que podría alcanzar los 60 millones de hectáreas, ese aspecto negativo no afectaba aún al indicador producción que se mantenía estable en una horquilla de estimación que iba de los 264 a los 275 millones de hectolitros.

Hoy existe un riesgo real de que se estén desarrollando dos mercados diferentes; el del vino como commodity, vendido a granel y el del vino embotellado. “El 40 % de los vinos hoy se consumen fuera del país de origen de su producción”, fue lo que afirmó el director general de la Organización de la Viña y el Vino (OIV), Federico Castelluci.

Esto sigue dibujando los mismos problemas en los últimos ejercicios, la transición de adecuación que impuso la OCM todavía necesita andar para saber que frutos traerá a futuro. La crisis caprichosa que no quiere ceder deja a Europa en un estado de muchas dudas y el sector vitivinícola no escapa a ellas.

Los países incipientes que gozan de la buena suerte del principiante pero necesitan capitalizar con planes a futuro sus éxitos presentes, y un mercado que se huele en mil aromas confusos y puja por dar un gusto acorde a las necesidades del nuevo catador.






viernes, 3 de septiembre de 2010

Sobrecostos logísticos

La naturaleza del transporte es estar en movimiento. Cualquiera sea el modo del que se hable –barco, tren, camión, avión- siempre y cuando esté en movimiento genera facturación. Por definición, si está parado, pierde plata.

De Brasil, por ejemplo, se habla mucho de lo bien que está su economía, de cómo el mundo ve a una economía latinoamericana en franco crecimiento y como potencia mundial indiscutida en cuatro décadas. Pero muy poco trasciende sobre los colapsos logísticos que sufre esta economía recalentada a la cual la infraestructura no logra alcanzar.

Los barcos no se están deteniendo en el transitado puerto de Santos y la carga que debían dejar allí la bajan en Montevideo o en Buenos Aires. Y esto es porque los barcos, esperando, pierden plata. Lo mismo que los camiones que deben hacer kilómetros de cola para llegar al puerto: cobran por viaje, y si la rotación incluye pocos viajes, los ingresos son bajos.

Esta situación se repite en el mundo en desarrollo, y es una crisis de crecimiento. Recientemente, el gobierno peruano calculó que los sobrecostos logísticos implican una pérdida de 400 millones de dólares.

Un sobrecosto en la exportación le quita competitividad a ese producto y lo encarece en terceros mercados. En la importación, lo sufre el consumidor pagando más de lo necesario.

Para que la cadena logística fluya, y los servicios intermedios (despacho de aduanas, transporte, almacenamiento) tengan precios competitivos porque su renta estará en el volumen –y no en la saturación de la cadena- son los Gobiernos los que deben tomar la decisión política de priorizar la logística en sus agendas, informatizar sus reparticiones y simplificar la burocracia del comercio exterior.

Estas medidas, de corto plazo, deben suponer además una estrategia de “canales” para agilizar y dar vía rápida con infraestructura adecuada a las mercaderías que entran y salen de los países.

Por ejemplo, en la Argentina, duerme desde 1998 en los cajones de los escritorios de los despachos del Congreso el Proyecto Laura, un programa de modernización de la infraestructura del transporte terrestre que contempla la necesidad (y las ventajas conexas) de construir 13.500 kilómetros de autopistas inteligentes, libres de peajes, hasta 2020, a razón de 1300 kilómetros por año (hoy se hacen 26 kilómetros anuales).

Algunos de los beneficios: 20% de ahorro de flete; un 30% menos de tiempo de tránsito de camiones a partir de la posibilidad de utilizar bitrenes (camiones con 150 toneladas de capacidad); ahorro de 500 millones de dólares sólo para la producción agrícola.

Y la pregunta es la misma que surge ante las grandes revoluciones estructurales que enfrentan las administraciones públicas: ¿Cuál es el costo de no hacerlo?

martes, 31 de agosto de 2010

La espalda occidental de Chile

La estrategia de Chile en materia de comercio exterior amenaza con virar fuera de la región. Aparentemente, la política chilena se desencantó de las medidas de protección de mercado interno que aplican tanto Brasil como la Argentina.

Brasil, la principal economía latinoamericana –y relativamente cercana a Chile- es el quinto destino de las exportaciones chilenas, donde no llega a embarcar ni el 5% de todas sus exportaciones.

Con la Argentina, con quien comparte una frontera de las más extensas del mundo, el intercambio es exiguo y no refleja el potencial natural tanto económico como geográfico: las ventas a la Argentina desde Chile no llegaron ni siquiera al 2% de las exportaciones chilenas en 2009.

¿Por qué se da esta situación? Porque hay dos formas de encarar la política externa: en Chile, todo se subordinó a la apertura comercial y a la baja progresiva de absolutamente todos los aranceles de importación; Brasil y la Argentina subordinan, con sus matices, las políticas externas a un desarrollo concebido sobre todo a partir de sus propios mercados internos.

El mínimo mercado interno de Chile hizo que los gobiernos de los últimos 30 años buscaran al mundo como cliente y proveedor: hoy, 57 tratados comerciales que involucran al 60% del planeta resumen el resultado de esa política.

Pero, aunque no lo quiera, Chile necesita de la Argentina y de Brasil para maximizar la internacionalización de su economía por una sencilla razón: su magra producción no es suficiente para disfrutar de todas las ventajas negociadas.

En numerosísimas ocasiones el batallón oficial de promoción de exportaciones de Chile, la oficina Pro Chile, salió a vender al país como plataforma final de despegue. Ofrecía, en síntesis, dar un último “retoque” en Chile a productos semiterminados de la Argentina y Brasil para que, cumpliendo con la regla de origen, salieran desde Chile para entrar sin trabas ni mayores impuestos en mercados que imponen barreras a productos originarios de Brasil y la Argentina.

La reticencia, tal vez cultura, de sus vecinos “occidentales” hizo que Chile se volcara al Pacífico y tiene en las potencias asiáticas el 35% de su cartera de negocios internacionales (entre China, Japón y Corea). Es más, podría lograr que la nueva estrella de la economía latinoamericana, Perú, se transforme en un aliado impensado si e considera el turbulento pasado político que comparten ambos países andinos.